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San Isidoro, donde los Reyes quisieron ser enterrados

Categoría: Edad Media

En el lento avance hacia la frontera del Duero y más al sur, dentro del proceso de reconquista que llevaron a cabo los Reyes de León, el Condado de Castilla había ido acumulando una identidad propia y un sentimiento de independencia respecto de la Corona leonesa, cada vez más acusado. Ya a finales del siglo X, Fernán González había conseguido unificar todos los condados castellanos bajo su dominio y ser reconocido por su cuñado, el rey Ramiro II, como Conde de toda Castilla ("Comes totius Castellae").

Panteón de los Reyes en San Isidoro
Panteón de los Reyes en San Isidoro

En 1029 murió asesinado y sin descendencia el último Conde de Castilla, el Infante García. El condado pasó a manos de su hermana, que estaba casada con el rey Sancho III de Navarra. Éste designó como heredero de Castilla a su segundo hijo, Fernando, que asumió el poder en 1035 y convirtió el antiguo condado en Reino. Fue, pues, Fernando, el primer Rey de Castilla; y también el primer Rey de Castilla y de León, último reino que incorporó tras su matrimonio con Sancha, heredera del trono leonés.

Fernando I y Sancha decidieron edificar un Panteón Real, donde habrían de ser enterrados ellos y sus sucesores. El lugar elegido, como tantos otros en León, tenía una antigua historia arquitectónica, que se remontaba al tiempo de los romanos: sobre un templo pagano dedicado al dios Mercurio se había construido en el siglo IX uno en honor de San Juan Bautista. En el 966 se trasladaron a León las reliquias de San Pelayo -el niño mártir de Córdoba-, y para guardarlas se construyó un monasterio. Cuando Almanzor arrasó León en el 988, no quedó piedra sobre piedra del monasterio, que reconstruyó como pudo Alfonso V a mediados del siglo XI, llamándose el nuevo templo de San Juan Bautista y San Pelayo.

Fernando I consiguió traer a León el cuerpo de San Isidoro desde Sevilla -fue un tributo exigido por el rey cristiano al reyezuelo moro Almotadid, tras derrotarlo-, y el 22 de diciembre de 1063 se consagró el templo, llamándose de San Juan Bautista y San Isidoro, que era el patrono del antiguo Reino de León.

La parte más antigua de la Basílica se corresponde con el pórtico de la iglesia que mandara levantar Fernando I en el siglo XI. La construcción se continuó en el siglo siguiente, bajo la dirección del arquitecto Pedro Deustamben, que está enterrado en la iglesia. Durante los siglos XV al XVIII se introdujeron sucesivas reformas en la basílica, que fue saqueada por las tropas de Napoleón en 1808.

Fachada de San Isidoro
Fachada de San Isidoro

En San Isidoro se puede disfrutar, sobre todo, del Románico, aunque también hay muestras de gótico, renacentista y barroco. El templo, de planta de cruz latina, tiene tres naves y tres ábsides. La puerta principal, o Puerta del Cordero, es una preciosa joya románica, con un tímpano y un grupo escultórico que representa el sacrificio de Isaac, admirables columnas con filigranas y capiteles, y las estatuas de San Pelayo y San Isidoro. Sobre este conjunto se alza un segundo cuerpo, del siglo XVIII, con la efigie de San Isidoro a caballo. Una segunda puerta románica, también en el lado sur, la del Perdón, incorpora esculturas -San Pedro y San Pablo- y relieves de gran interés. Hay una tercera portada al norte, cubierta por la capilla de los Quiñones.

Lo que más conmueve de la Basílica es el Panteón Real. Se trata de un recinto de planta cuadrada, de ocho metros de lado. Dos grandes columnas en el centro forman seis tramos con bóvedas pintadas en la segunda mitad del siglo XII. Las pinturas del Panteón -las mejores pinturas murales románicas españolas-, subyugan por su extraordinaria belleza. En ellas se representan escenas del Nuevo Testamento, la Anunciación, el Calvario, la Visitación, el Nacimiento, la Sagrada Cena... En el Panteón Real están enterrados, además de Fernando I y su esposa Sancha, Alfonso V, Vermudo III, doña Urraca, don García -el último conde de Castilla- y doña Sancha, infanta y reina, cuyo cuerpo se conserva incorrupto.

Admirables son también las pinturas murales de la capilla de Quiñones, del siglo XIII; la capilla de Santo Martino, de estilo hispano-flamenco; la capilla de la Trinidad, y los dos claustros, uno del siglo XVI y otro, barroco, del XVIII.

En el Museo de San Isidoro se conserva un tesoro de piezas de inestimable valor, como el cáliz de doña Urraca (s. XI), la arqueta de los marfiles (s. XI), el arca de las reliquias de San Juan Bautista y San Pelayo, y la de San Isidoro (s. XI), el arca de los esmaltes (s. XII), así como códices medievales y una biblia mozárabe, tejidos hispanomusulmanes, joyas y objetos de arte góticos; y muchas piezas romanas, entre ellas, la lápida conmemorativa de la fundación de la Legio VII.

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