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El banquete del Emperador Alfonso VII

Categoría: Edad Media

Antes de que se construyera la actual catedral, hacía las veces de iglesia mayor de la ciudad un templo románico levantado a finales del siglo XI sobre los restos de la iglesia destruida por Almanzor. En esta catedral románica, de la que no quedaron vestigios, se celebró en el año 1135 la coronación de Alfonso VII, "Emperador de las Españas". Fue uno de los momentos más gloriosos que vivió la ciudad en toda su historia como sede regia.

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El emperador y su séquito

En aquella época, el crecimiento urbano había rebasado las murallas romanas y se habían levantado nuevos barrios -de San Martín, de los Francos, hasta completar un nuevo espacio, el "Burgo Nuevo". Iglesias y monasterios se alternaban con nuevas construcciones civiles. La lejanía de la frontera con los musulmanes había traído aires de paz y de progreso a la urbe, que ya tenía más de 2.000 habitantes, lo que no era poco para una ciudad cristiana de aquella época, aunque pudiera sentir envidia de que la capital de su reino enemigo, Córdoba, tuviera 100.000 habitantes y un esplendor del que carecían los austeros leoneses.

Las dependencias de San Isidoro albergaban también el palacio de los reyes, y en este palacio organizó Alfonso VII un gran banquete para celebrar su título imperial, después de la ceremonia de la coronación. Los gacetilleros de la época dejaron constancia de los fastos que la capital vivió aquel 26 de mayo de 1135, domingo de Pentecostés: "Arzobispos, obispos, abades, nobles y plebeyos y todo el pueblo, se congregaron en la iglesia de Santa María con el rey García (de Navarra) y con la infanta doña Sancha (hermana de Alfonso VII). Por inspiración divina se propusieron entronizar como emperador al rey Alfonso, en atención a que el rey Zafadola de los Sarracenos, el conde Ramón (Berenguer) de Barcelona, el Conde Alfonso de Tolosa y muchos condes y duques de Gascuña y de Francia le habían prometido vasallaje".

Después del "Te Deum" en la Catedral, la comitiva desfiló hacia San Isidoro, donde estaba prevista la celebración pagana. Allí "ofreció el Emperador un gran banquete, en el que condes, príncipes y duques servían, como camareros, la mesa regia". Feliz momento aquel el que vivió León, que se convertía así en sede imperial. Es cierto que Alfonso VII -rey de Galicia, de Castilla y de León- tenía razones para coronarse como emperador, ya que ostentó efectivamente la hegemonía entre los reinos cristianos, lideró la guerra contra los almorávides, y pactó con la corona catalanoaragonesa el "reparto" de la reconquista pendiente. El Emperador se reservaba para Castilla y León la reconquista de lo que hoy es Andalucía. Valencia y Murcia quedaban a merced de la Corona de Aragón.

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Vidriera del Emperador Alfonso VII

La expansión castellanoleonesa hacia Andalucía, la mayor gloria del Reino, tuvo sin embargo por consecuencia que, un siglo después, Sevilla le arrebatara a León el privilegio de la capitalidad. Ocurrió en 1248. Fernando III El Santo -que había puesto la primera piedra de la nueva Catedral de León- consiguió extender la hegemonía castellanoleonesa hacia el sur hasta alcanzar el mar; organizó una flota que remontó el Guadalquivir, y ocupó por tierra la campiña sevillana. El 23 de noviembre del 1248 Sevilla capitulaba ante Fernando, que decidió a continuación instalar allí la corte para proseguir sus conquistas cómodamente. León ya no era la capital del Reino.

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